Jalaludin Rumi, giros de místico y poeta


Jalaludin Rumi, es uno de los mayores místicos islámicos y un extraordinario poeta. Nació en Afganistán en el año 1207, pasó por Irán y vivió y murió en Konia, Turquía en el año 1273.
Todo cambió en su vida cuando se encontró con la fascinante figura del maestro errante Shams de Tabriz. Ese maestro misterioso inició a Rumi en la experiencia mística que es el sufismo.
Su gratitud hacia el Maestro fue tan grande que le dedicó todo un libro de 3239 versos, conocido como el Divan de Shams de Tabriz.
Afincado ya en Konya, Rumi fundó allí la orden sufi Mevlevi que deriva del nombre con el que sus seguidores lo bautizaron: MEVLANA, que significa “nuestro maestro”.
Bajo las ideas inspiradoras de Rumi, los derviches giradores (así se conoce a los mevlevis) elaboraron una danza donde cada bailarín se entrega a una larga sucesión de continuos giros circulares.
En oriente se ha considerado a la danza como un vehículo para el desarrollo espiritual. Esto puede ser difícil de entender por un occidental, porque al hablar de danza solemos aludir a algo profano. Pero la danza tanto en África, como en Asia e incluso en los pueblos originarios de América, tenía un carácter místico.
El propio Rumi tuvo oportunidad de esclarecernos acerca de la función de la danza al decir: “Muchos son los caminos que conducen a Dios y yo he elegido el de la música y la danza”.

Los invito ahora a transportarse al siglo XIII en Konya: los derviches, después de recorrer lentamente tres veces la habitación en que nos encontramos,  se despojan de repente de sus túnicas negras y emergen en sus túnicas blancas y acampanadas, girando incesantemente sobre su eje y dando a la vez vueltas alrededor del centro en un movimiento cuya precisión y coordinación resultan absolutamente imposibles de describir. Con los brazos en alto, y sus túnicas ondeando al son de la música, giran una y otra vez.
No me canso de ver a esos hombres girar, pienso en lo inmaculadas que son sus vestiduras y el cuidado al detalle que revelan en su confección; pienso en la perfección de los círculos que describen en la danza, pienso en la música arrolladora y en su ajustada ejecución, pienso en el hondo clima de misticismo -libre de cualquier artificio- que allí se respira, pienso, pienso y pienso...
Pienso en cosas como estas y en muchas otras también, intuyo que lo hago como un intento por apropiarme de ese momento de sabor especial; siento la necesidad de registrarlo y aprovecharlo y mi mente me empuja a hacerlo de la manera acostumbrada: intentando fijar todos los detalles en mi memoria...
Pero la danza continúa y parece tener reservada otra cosa; los pensamientos cesan... todo se vuelve coherente y me veo integrado a la danza, al batir de los tambores, al sonido de la flauta, al recinto en el que nos encontramos; derviches y observadores todo parece fundirse en una única cosa, cada uno deja de ser -por un instante- una pieza en el rompecabezas de esa escena para vivirla en su completitud.
Pero alcanzado ese punto los pensamientos, obstinados, regresan y el encanto del momento se escurre como agua entre los dedos.
A veces quisiera girar como un derviche, sentirme perfectamente afirmado en el centro y desde allí ver las experiencias de la vida como simples giros... Giros que se suceden unos a otros y así como hay giros de placer, los hay de dolor, como los hay de júbilo los hay de tristeza.
Saber que los giros son instantes y que pronto estaremos en la posición contraria y que volveremos a pasar –más tarde– por la que ahora ocupamos; ayuda a cambiar el enfoque: así cada experiencia no es más que una experiencia y se vuelve difícil tildarla de buena o mala, simplemente son aquellas experiencias por las que tenemos que pasar, son aquellos giros que debemos ejecutar... para encontrar, algún día,  el camino de regreso al hogar.

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