Varanasi


El paisaje resulta desacostumbrado y majestuoso, el indeciso color de las aguas, los olores, las llamativas vestimentas, el desfile permanente de animales; cada paso se presenta novedoso...

Pero sin dudas lo que más impresiona de este espectáculo que sucede a la orilla del sagrado Ganges, en Varanasi, es la devoción y la sencillez; la naturalidad con la que hombres y mujeres hacen sus ofrendas al río.
Antes de llegar uno espera encontrar aquí gestos grandilocuentes y rituales sofisticados; en lugar de ello puede verse a gente amable y sencilla casi siempre con una sonrisa a flor de labios que conversa y se entrega a Dios con la familiaridad propia de quienes hacen de ese encuentro un espacio cotidiano de cercanía e intimidad.

Aquí un hombre se sienta a la vera del río siendo plenamente conciente de que su vida presente, las anteriores y las que están aun por venir no son sino pequeños pasos en un largo camino de regreso hacia Dios. Muy poco es lo que tiene además de su cuerpo, algunos harapos y un mendrugo de pan pero muy poco, también, es lo que ambiciona y  en ello reside su mayor riqueza.

El río es como un telón de fondo y delante de él conviven expresiones de lo más diversas: ofrendas, ceremonias funerarias, gente que lava sus ropas o que incluso toma un baño en el río, todo convive al pie de los gaths y a orillas del mismo y único río...

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