Apariencias

Extraído de: "El buscador de la Verdad" de Idries Shah

Yahya, hijo de Iskandar relata:

Durante muchas veladas me senté en la casa del sufi Anwar Alí Jan. La gente le llevaba regalos que él convertía en alimento y hacía servir cada noche antes de la hora de meditación.
El sufi no dejaba que nadie se acercase a él que se sentaba en una esquina alejada del resto; durante la comida movía constantemente la mano derecha de su taza a su boca. Muchos de aquellos que lo visitaban decían:
- Este hombre es altivo, le falta humanidad, porque se mantiene apartado de sus invitados.
Cada noche yo movía mi lugar imperceptiblemente más cerca de él, hasta que un día cuando estuve lo suficientemente cerca pude ver que, aunque hacía el ademán de comer, no había comida en el tazón del sufi.
Al final no pude refrenar mi curiosidad y le dije:
¿Cuál es la causa de su extraño comportamiento? ¿Por qué simula comer y por qué permite que la gente diga que usted es altivo, cuando de hecho es modesto y abstemio, y no quiere incomodarlos o avergonzarlos? ¡Oh usted, el más excelente de los hombres!
El sufi respondió:
- Es mejor que piensen que me falta modestia a través de la observación de lo externo a que puedan pensar que soy virtuoso a través de la mera observación de exterioridades. No puede haber mayor error que atribuir méritos a través de apariencias. Hacerlo insulta a la presencia de la virtud interior y verdadera, al imaginar que no existe para ser percibida. Hombres externos juzgarán mediante factores externos; pero al menos no estarán contaminando cosas internas.

Prosperidad


Vivimos enfrascados en un circuito bastante infantil, aunque raramente lo cuestionemos.
Me refiero al atolondrado modo en que corremos detrás del progreso material, esperando encontrar en él la felicidad. Difícilmente declaremos que orientamos nuestra vida en esa dirección, pero bastará con reparar en qué usamos nuestro tiempo y energía, para corroborarlo.
Y no se trata en este caso de una objeción moral, sino de una cuestión eminentemente práctica que parte de la observación de la realidad.
La promesa de que el progreso traerá la felicidad resulta engañosa. En tiempos recientes, los progresos de la ciencia han sido enormes y los logros materiales que el hombre ha conquistado inauditos, pero –a la par– nunca ha existido en la humanidad tanta desconfianza, tanto descontento, tanta miseria, tanta insatisfacción, tanta sensación de vacuidad.
Partiendo del prejuicio, solemos tildar al oriente de supersticioso o mágico. Me pregunto, ¿no es más mágico el pensamiento de Occidente que pretende dar un sentido a la vida poseyendo más o mejores objetos? o dando vida a nuevas y siempre provisorias e incompletas explicaciones acerca del funcionamiento del universo a través de la ciencia.
Hoy en día la India, es también una potencia en el plano de lo material. Pero su gente difícilmente se dejará seducir por espejismos. La búsqueda de lo Real; de la Verdad eterna es lo único que los anima. Y Dios es para ellos lo único Real.
Bienes materiales, lujos, placeres, o las inacabables disquisiciones de la mente: saben que nada de eso los acercará a su objetivo. La felicidad se encuentra en otro lado.
No perseguir las cosas del mundo no significa renunciar a todo y vivir en completo ascetismo, sino tener una actitud signada por el desapego.
Un hombre en la India puede incluso ser poseedor de una gran fortuna material, eso es irrelevante, lo importante es que no se transforme en un esclavo de los bienes del mundo, que no lo mueva la ambición por tener más ni el temor por perder lo que acumuló, sino únicamente el amor y el anhelo de Dios.
Parecerá paradójico pero en el oriente quien pide a Dios prosperidad no espera recibir algo sino, por el contrario, espera que Dios le quite. No quiere acumular sino, resignar. Pues prioriza perder en este mundo ilusorio, para ganar en el de la Realidad.

La historia del té

En tiempos antiguos el té no se conocía fuera de China. Rumores de su existencia habían llegado a los sabios e ignorantes de otros países, y cada uno trataba de investigar qué era, de acuerdo con lo que querían o lo que pensaban que era. El rey de un país mandó un embajador con su comitiva a China y el emperador chino les dio té.

Pero al ver que también los campesinos lo bebían, llegaron a la conclusión de que no era digno de su amo real y, además, que el emperador chino estaba tratando de engañarlos, haciendo pasar otra sustancia por la bebida celestial, de la que tanto habían oído.

Un filósofo, el más grande de otro país, recolectó toda la información que puedo encontrar sobre el té y llegó a la conclusión de que debía ser una sustancia que raramente se encontraba y que era diferente de las que hasta entonces se conocían. Pues, ¿no se hacía referencia a ella como una hierba, un agua verde, negra, a veces amarga y a veces dulce?

En otros países, durante siglos, la gente probó todas las hierbas que podía encontrar. Muchos fueron envenenados, todos estaban desilusionados, ya que nadie había llevado la planta de té a su tierra, y, por lo tanto, no la podían hallar. También bebieron inútilmente todos los líquidos que pudieron encontrar.

En otro territorio, una pequeña bolsa de té era llevada continuamente en procesión, ante el público, mientras caminaban hacia sus observancias religiosas. Nadie pensaba en probarlo. En verdad nadie sabía cómo hacerlo, o qué se podía hacer, todos estaban convencidos de que el té mismo tenía una cualidad mágica.

Un hombre sabio les dijo: -Viertan sobre el té agua hirviendo, hombres ignorantes.
Rápidamente lo colgaron y lo clavaron en alto, porque, de acuerdo con sus propias creencias, si hiciesen lo que el sabio había dicho esto conduciría a la destrucción de su té. Y esto demostraba por lo menos, y para su propia satisfacción, que el sabio era un enemigo de su fe.

Sin embargo, unos cuantos, que lo habían escuchado antes de morir, pudieron obtener algo de té y beberlo en secreto. Cuando alguien les decía: -¿Qué están bebiendo?-, contestaban: -Es solamente una medicina que tomamos para cierta enfermedad.

Y así sucedía en todo el mundo. El té había sido visto crecer por algunos que no lo reconocían. A otros había sido dado a beber, pero ellos creyeron que era la bebida de la gente común. Había estado en posesión de otros, que lo veneraban, así como veneraban al recipiente que lo contenía. Fuera de China sólo unos pocos en verdad lo bebían, y sólo hacían esto ocultándose.

Fue entonces que vino un hombre de conocimiento profundo, y les dijo a los vendedores de té, a los que bebían té y a otros: -Aquél que prueba, sabe. Aquel que no prueba, no sabe. En vez de hablar sobre la bebida celestial, no digan nada, sino ofrézcanla a sus invitados. Aquéllos a quienes les guste pedirán más; aquéllos a quienes no les guste, demostrarán que no son aptos para ser bebedores de té. Cierren la tienda del argumento y del misterio. Abran la casa de té de la experiencia.

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