Prosperidad


Vivimos enfrascados en un circuito bastante infantil, aunque raramente lo cuestionemos.
Me refiero al atolondrado modo en que corremos detrás del progreso material, esperando encontrar en él la felicidad. Difícilmente declaremos que orientamos nuestra vida en esa dirección, pero bastará con reparar en qué usamos nuestro tiempo y energía, para corroborarlo.
Y no se trata en este caso de una objeción moral, sino de una cuestión eminentemente práctica que parte de la observación de la realidad.
La promesa de que el progreso traerá la felicidad resulta engañosa. En tiempos recientes, los progresos de la ciencia han sido enormes y los logros materiales que el hombre ha conquistado inauditos, pero –a la par– nunca ha existido en la humanidad tanta desconfianza, tanto descontento, tanta miseria, tanta insatisfacción, tanta sensación de vacuidad.
Partiendo del prejuicio, solemos tildar al oriente de supersticioso o mágico. Me pregunto, ¿no es más mágico el pensamiento de Occidente que pretende dar un sentido a la vida poseyendo más o mejores objetos? o dando vida a nuevas y siempre provisorias e incompletas explicaciones acerca del funcionamiento del universo a través de la ciencia.
Hoy en día la India, es también una potencia en el plano de lo material. Pero su gente difícilmente se dejará seducir por espejismos. La búsqueda de lo Real; de la Verdad eterna es lo único que los anima. Y Dios es para ellos lo único Real.
Bienes materiales, lujos, placeres, o las inacabables disquisiciones de la mente: saben que nada de eso los acercará a su objetivo. La felicidad se encuentra en otro lado.
No perseguir las cosas del mundo no significa renunciar a todo y vivir en completo ascetismo, sino tener una actitud signada por el desapego.
Un hombre en la India puede incluso ser poseedor de una gran fortuna material, eso es irrelevante, lo importante es que no se transforme en un esclavo de los bienes del mundo, que no lo mueva la ambición por tener más ni el temor por perder lo que acumuló, sino únicamente el amor y el anhelo de Dios.
Parecerá paradójico pero en el oriente quien pide a Dios prosperidad no espera recibir algo sino, por el contrario, espera que Dios le quite. No quiere acumular sino, resignar. Pues prioriza perder en este mundo ilusorio, para ganar en el de la Realidad.

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