Felicidad



Si algo tienen en común el Oriente y el Occidente es que en ellos hombres y mujeres orientan su vida a la búsqueda de la felicidad.
Aunque tal vez se pueda decir que difieren un tanto en la inclinación que esa búsqueda adquiere.

Hablamos de Oriente y Occidente como ideas, como referencias, como tradiciones más que como lugares ya que resulta evidente que existen hombres y mujeres que en occidente han buscado y buscan la felicidad a la manera oriental y que el Oriente, globalización e industrialización mediante, cada día sorprende más por el abandono de las costumbres y las doctrinas propiamente orientales.

Así como nuestra identidad, el ideal de felicidad que a diario se nos impone aparece asociado al tener, al acumular.

Buscamos entonces la felicidad teniendo una pareja y una familia, teniendo una casa y por qué no un par de ellas, teniendo un auto y un buen empleo, teniendo dinero; y teniendo amigos a quienes mostrar las otras cosas que tenemos para chequear nuestra ubicación en el ranking de posesiones frente a los demás.

Si el auto o la esposa ya no nos satisfacen, tenemos al alcance la posibilidad de cambiarlos e incluso si nuestro propio cuerpo comienza a envejecer o ya no nos reporta tanta satisfacción como antaño, podemos modificarlo y con un golpe de quirófano tener hasta un rostro nuevo.

Sin embargo la felicidad que las posesiones nos prometen nunca llega; bien sea porque no alcanzamos aquello que deseamos o porque cuando lo alcanzamos ese deseo es automáticamente suplantado por el de alcanzar otra cosa distinta: es infinitamente frustrante la rueda del deseo.

Lo que vamos obteniendo nunca nos satisface del todo y para colmo nos vemos forzados a empezar a llevar una vida en gran parte dedicada al servicio de esas cosas que tenemos y ellas pasan a ser nuestros amos.

Disculpen si al hablar generalizo demasiado, tal vez debería limitarme a decir que esto es lo que me ocurre a mí y a algunas personas que conozco.

Me gustaría compartir este párrafo del libro de Pacho O´Donnell "La sociedad de los miedos":
Si mides el tiempo de tu vida comprobarás que una excesiva parte de él está destinada a servir a las cosas: llevarlas a arreglar, trasladarlas, renovarlas, mudarte para que quepan, pagar los impuestos, los seguros… Ellas disponen de una agobiante porción de tu vida. No se trata de evitar poseer algo que nos sea de real utilidad, sino que las cosas que tenemos no “nos tengan” a nosotros.

La propuesta que desde antiguo repiten los maestros del oriente pasa por un camino radicalmente diferente y entraña un mensaje para que el hombre pueda, como primer paso, separar aquello que desea de aquello que necesita.

En la renuncia al deseo y no en la frenética carrera hacia su satisfacción sitúan el camino hacia la felicidad. Claro que para el ego esto puede resultar terrible, al punto que algunos maestros han comparado esta experiencia con la de la muerte.

Pero se dice que esta muerte es necesaria y que el único anhelo que a ella sobrevive es el genuino anhelo por alcanzar la Verdad al que ya no cabe renunciar sino hasta alcanzar la realización.

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