Ikebana


El ikebana es un arte floral milenario que tiene sus orígenes en las ofrendas Shinto a los espíritus de la naturaleza. El ikebana es mucho más que un ornamento floral: es una representación artística que nace de la observación y del respeto por la naturaleza.
En ella se conjugan tres elementos de la naturaleza: sencillez, equilibrio y belleza.
El nombre original del ikebana era ka-do, que significa "camino o sendero de flores".
El ikebana es un DO, es decir, un camino o sendero de autorrealización, es embarcarse en un viaje de autoexploración. Las raíces del ikebana descansan en el profundo sentido que los japoneses tienen del paisaje y su respeto por la naturaleza.
Fue en Japón donde el Budismo Zen incluyó al ikebana en sus prácticas meditativas-contemplativas. El budismo llego al Japón a través de China y Corea en el siglo VI y se adoptó como religión oficial en el año 594 después de Cristo. Esto, sin embargo, no supuso la extinción del Shinto, sino que, más bien, el budismo coexistió y fue influido por el shintoismo. Con el budismo llegó la costumbre de las ofrendas florales en recipientes frente a la imagen del Buda. Por tanto, los primeros artistas fueron sacerdotes.
El sentimiento presente en estas ofrendas comenzó a expresarse en la manera en que eran colocadas las flores. La rama central y más alta apuntaba hacia el cielo; al lado de ese núcleo se agrupaban los otros tallos, a derecha e izquierda, de forma simétrica, y un tercer grupo de tallos más bajos alrededor del centro sirven de soporte para mantener la unión del conjunto.
Este principio del tres, constituye la base del Ikebana y tiene su origen en el budismo.
Es un principio espiritual con un significado cósmico. Se representa por tres líneas maestras, el cielo, el hombre y la tierra, definidas con ramas y hojas, que dan la forma de lo que se quiere expresar con el arreglo. De la armonía y equilibrio de estas tres ramas principales depende la belleza del conjunto.
El hombre está situado entre el cielo y la tierra. Recibe su alimento espiritual del cielo y su soporte son las raíces terrestres.
El discípulo de Ikebana debe trabajar hasta conseguir la armonía de estos tres principios: la unión del corazón de la flor con el corazón del hombre y el corazón del Universo, que son uno solo.


Durante varios siglos, este arte fue transmitido de maestro a discípulo de manera oral, con pocas palabras, o a través de gestos mudos. Las enseñanzas eran guardadas en el más absoluto secreto, no sólo con respecto a los contenidos espirituales, sino también con relación a las técnicas especiales. Se priorizaba la comunicación en silencio, la transmisión de corazón a corazón, con la intención de impedir que el discípulo aprendiese una lección de “memoria”, sino que descubriese el espíritu del arreglo floral a través de su propia experiencia.
Tal vez ésta sea la razón por la que existen tan pocos textos sobre el arte de la Ikebana.
Para aprender el verdadero Ikebana es necesario: paciencia, concentración, carácter, serenidad y espíritu dirigido simultáneamente hacia Dios y hacia la Humanidad.

Esto sucede con el arte oriental en general, ya sean arreglos florales,  pintura o el arte del arco, pues presuponen no sólo talento artístico, sino principalmente una actitud espiritual adquirida a través de largos años de práctica y de auto-observación.
Para los japoneses la Ikebana expresa la estabilidad y el espíritu de la Naturaleza, es un enlace a todo el universo.

 El Ikebana es amor a la simplicidad y la belleza del universo.

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