La ira y la auténtica batalla

Uno de los más cercanos discípulos del Profeta Muhammad (en algunos lugares de occidente conocido como Mahoma), fue Alí Ibn Abi Talib. Alí era un hombre muy fuerte y también irascible.

Se cuenta que en los primeros años de la revelación, el Profeta tenía sólo un puñado de seguidores y muchos enemigos. Los seguidores de Muhammad eran perseguidos en razón de su causa por la gran mayoría de los hombres en Mecca, la gente se burlaba de ellos y los ridiculizaba, y en algunos casos hasta los golpeaban y torturaban.
Esto enfurecía a Alí, que no dudaba en azotar a cualquiera que se atreviera a maltratar a un seguidor del Profeta. Con el tiempo la persecución disminuyó precisamente porque todos temían la ira de Alí.
Así fue que, gracias a la fortaleza y valentía de Alí, llegó a ser algo más soportable la vida para la pequeña comunidad de creyentes.  Pero al mismo tiempo el ego de Alí empezó a manifestarse, pues era consciente del temor que infundía y de la fortaleza con la que contaba.
El Profeta, observó la situación. Él tenía un especial afecto por Alí; hasta que un día lo llamó y le dijo: “Estoy muy contento con tu fortaleza y con la manera en que la usas para defender y proteger a mis seguidores. Eso está bien. Pero debes recordar que llevado por tu ira, no deberías golpear ni matar a nadie. De modo que ahora te doy una orden: conserva tu imagen como protector de mis seguidores y, cuando sea necesario, golpea a los demás para defender a los débiles e indefensos, pero nunca golpees a nadie impulsado por la ira”.
Por supuesto Alí aceptó la orden y decidió hacer todo lo posible para obedecerla. Pero pronto descubrió que le era casi imposible obedecer al Profeta y empezó a evitar las situaciones que pudieran tentarlo.
Al principio la fama de Alí fue suficiente para tener a raya a los opositores. Pero con el paso del tiempo, los adversarios notaron que Alí no parecía tan vigoroso en su defensa de la comunidad de creyentes.
Lentamente los adversarios empezaron a volverse más agresivos. Descubrieron que, si bien Alí les gritaba y amenazaba, parecía reacio a levantar realmente su mano contra ellos como solía hacerlo. Estaban asombrados por esta extraña actitud de Alí y al final averiguaron sobre la orden que Muhammad le había impartido.
Hubo júbilo en el campamento de los adversarios cuando se enteraron de la orden del Profeta pues entonces supieron que no había nadie que se les opusiera.
Decididos a aprovechar la situación, organizaron inmediatamente un desafío con los  seguidores del Profeta Muhammad. Propusieron que cada campamento enviara un paladín para combatir en representación de todos, con el fin de resolver la disputa de una vez. “Si gana nuestro paladín, entonces sabremos que Muhammad proclama una falsedad, y todos ustedes deberán dejar de seguirlo. Si gana el paladín de ustedes, entonces agacharemos la cabeza, y creeremos en la revelación que Muhammad ha traído”
Los seguidores del Profeta no tuvieron más opción que aceptar el reto, pero, ¿Quién iba a ser su paladín? Exceptuando a Alí, no existía en su campamento otro hombre capaz de salir airoso del desafío. Sin Alí estaban condenados a una derrota segura. La única solución era convencer a Alí para que peleara.
Así que fueron a pedir a Alí que peleara, pero él replicó: “El Profeta me ha obligado a no pelear cuando yo esté colérico, ¿y si no lo estoy, cómo podré pelear hasta el final? No quiero dejar de cumplir una orden del Profeta”. Sin embargo tan grande fue la insistencia que finalmente Alí acepto el desafío.
Llegó finamente el día del combate, y como era costumbre la lucha era a muerte. Habían venido todos los habitantes de ambos campamentos. Los adversarios se asustaron cuando vieron a Alí, pues nunca habían pensado que él pelearía, y sabían que su paladín no tenía posibilidades contra Alí. Pero ya era tarde para echarse atrás y tenían que seguir adelante.
Empezó el combate y, debido a que Alí era mucho más fuerte, fue no solamente capaz de defenderse sino también de desarmar a su contrincante e inmovilizarlo sin siquiera enojarse. Se sentó sobre el pecho de su adversario y se dispuso a clavar la daga y matarlo.
El adversario sabía que estaba totalmente perdido, pero recordó la orden de Muhammad, y entonces resolvió jugar su última carta para que Alí montara en cólera: escupió a Alí en el rostro, pero éste se limitó a sonreír y alzar la daga.
Entonces el rival empezó a injuriar al Profeta utilizando el lenguaje más soez que se pueda imaginar. Alí se encolerizó instantáneamente y llevado por su ira, casi hundió su daga en la garganta de aquel hombre, pero en el último momento se controló y clavó la daga en el suelo.  Se incorporó lentamente y abandonó el combate.
Eso significaba que había perdido, pero obedecer la orden del Profeta era mucho más importante que ganar.
La muchedumbre quedó estupefacta al ver lo sucedido. Apenas podía creer lo que estaban viendo. Y pensaron “Si lo que Alí prefiere es perderlo todo solamente para obedecer una orden de Muhammad, entonces Muhammad no puede ser un hombre común y corriente. Solamente el Profeta podría imponer semejante respeto y obediencia fuera de lo común”.
Quedaron tan impresionados con lo que vieron que, en lugar de hacer que los seguidores de Muhammad se atuvieran a las condiciones del desafío, se convirtieron en seguidores por  propia decisión.

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