ANHELO



  Quién no ha sentido alguna vez una sensación de agitación al pensar acerca del sentido de la propia vida.
  A veces sucede que vivimos un hecho extraordinario: alguien muere, alguien nace, alguien enferma, alguien sufre un inusual golpe de fortuna o de desgracia. En esas ocasiones la inquietud se vuelve visible.
  A veces sucede que esa agitación se instala de modo más o menos permanente y motoriza una búsqueda.
  Pero la mayor parte de las veces esa voz es silenciada, preferimos embarcarnos en la búsqueda de lo agradable y placentero para distraernos un poco.
  Sin embargo cada tanto, un eco, una ligera sensación de incomodidad, nos recuerda que las preguntas sin respuesta siguen rondando, acechantes.
  Podemos rehuir el asedio, vistiéndonos con nuevos y coloridos disfraces. O podemos dejar de lado los rodeos y colocar a estas preguntas esenciales y fundantes en el centro de nuestra vida.
  Se dice en Oriente que quienes así proceden comienzan, poco a poco, a sentir un impulso, una aspiración por saber, una inclinación, una expectativa, una sed. A esa sed de conocimiento la llaman “anhelo”.

  Es curioso que la misma condición que nos anima, sea –a su vez– causa de molestia: me refiero a la individualidad.
  El hecho de ser personas separadas y libres nos permite movernos en el mundo al antojo. Pero esa misma separación, nos inquieta. En algún punto nos sabemos unidos a una realidad mayor que nos trasciende. La idea es al principio una sospecha, una mera conjetura, más tarde puede convertirse en certeza.
  Dicen que cuando esa certeza se afianza, la búsqueda se vuelve más intensa y urgente. La separación actúa alimentando la búsqueda, y el anhelo por conocer la verdad es cada vez más vehemente. El anhelo alcanza su máxima expresión cuando, de renuncia en renuncia, el individuo renuncia incluso a anhelar. Ya no anhela nada, ni siquiera conocimiento o comprensión. Su único deseo es volverse como el polvo a los pies del maestro.

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