La dualidad y el Uno


La ilusión se expande en la dualidad; la realidad es uno.

En el mar de opuestos mi vida es solo prisa en busca de lo agradable, lo placentero, lo seguro y lo conveniente. Ojos bien abiertos para esquivar el dolor, para olvidar la muerte, para no ver al otro que sufre y que refleja –de algún modo– mi propio sufrir.

La realidad es solo uno.

Como en un caleidoscopio, las combinaciones de lo creado van arrojando cada segundo como resultado formas diferentes, todas de potente atractivo. Pero el ojo que las ve no se mira a sí mismo.
Mi mirada prefiere el deleite; el fascinante espectáculo de la danza que Adán y Eva bailan expulsados del paraíso. El mundo amanece cada día como una invitación a descubrir y acumular nuevas experiencias.

Pero solo uno es la realidad.

No hay par. No hay otros. Ni sujeto ni objeto. La realidad no puede descomponerse en factores o moléculas. Esos son juegos de la mente. Y la verdad que es una pena, si hubiera algún otro tendría a quién seguir; si hubiera algún otro tendría a quién culpar.

Si solo uno existe el asunto se torna difícil. La mirada debe necesariamente volverse hacia adentro y puede que no gusten algunas imágenes de esa visión. Pero ahí está el germen. El material del que todo está hecho. Renunciar a buscar afuera es difícil; implica renunciar a enamorarse del mundo y dejar de juzgar, de clasificar, abandonar el lugar de espectadores en el teatro del mundo y pisar el escenario. Sentir el crujir de las tablas bajo las suelas, y embarcarnos en la búsqueda del hombre que tenemos que ser.

La realidad es uno, uno mismo.

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