El Amor y los poetas



El Amor es hermano del silencio.

Palabras, palabras, palabras: son la negación del amor; distorsionan y rebajan. Por eso los intentos por hablar de amor, naufragan inevitablemente en las edulcoradas aguas de la sensiblería. ¿Quién no se ha sentido alguna vez como un tonto al intentar hablar de amor?

Es un insulto al amor intentar explicarlo y es, además, inútil. Lo que se diga, dibujará en el aire una imagen deformada y torpe. Tendrá el invariable sabor de la imitación, al pretender reducir a un molde de este mundo lo que en verdad pertenece al otro.

Por eso son tan extraordinarios los poetas. Solo un poeta puede transmitir sonoramente el amor, ponerle palabras al silencio.

Es que el poeta no cuenta historias ni brinda explicaciones a través del lenguaje. El poeta somete al lenguaje. Lo ha domado como a un caballo fiero y ahora puede moldear con él a su antojo. Y puede hasta incluso sacar de él, lo que NO tiene para dar. Usarlo para nombrar aquello que no puede ser nombrado.

Ahí la diferencia entre un poeta y quien solo domina la técnica de la escritura. El lenguaje del poeta es otro: siempre fresco y nuevo y diferente. Su lenguaje se construye desde una poderosa simbiosis: quien escribe, las palabras y lo que esas palabras nombran, son todos uno y el mismo amor.

En días como estos es para mí casi inevitable la envidia. Cómo me gustaría ser otro, ser uno de ellos.

Pero mal haría si eligiera quedarme con la parte en déficit y no reparase en lo principal. A nadie está vedado el Amor. Más allá de la posibilidad de comunicarlo, todos podemos vivir el Amor y eso, amigos, también es poesía.

A medida que el amante pule el espejo de su propio corazón, refleja amores cada vez más perfectos.

Barreras de miedo e ignorancia, parecen ocultar el amor. Las barreras no existen. Amante y amado son el mismo, entonces, ¿qué podría interponerse entre ellos?

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