Vagón Comedor: Tailandia



La comida tailandesa nos sorprende con sus perfumes, texturas, colores y sabores picantes y especiados. No existe un único adjetivo para describir el sabor característico de sus platos, propio de una combinación entre sal y pimienta, curry y raíz de cilantro. La gastronomía de Tailandia es una mezcla equilibrada de sabores ácidos, salados, dulces y picantes. Y es precisamente esta mezcla la que convierte sus platos en una experiencia única.

Una cena tailandesa es una ceremonia social: se sirven muchos platos distintos y todos los comensales los comparten entre sí, siempre junto a una buena ración de arroz blanco aromatizado. Es el colorido de especias y sabores lo que le da a esta cocina su personalidad distintiva. El empleo de frutos secos y nuez de coco es también característico de esta variedad gastronómica, igual que la mezcla de hierbas y cítricos, entre ellos la citronela o la lima kaffir. Se utiliza hierba de limón, salsa de pescado u ostras para resaltar los sabores, mientras que para equilibrarlos  se utiliza la leche de coco.

La base de la gastronomía son las salsas preparadas con guindillas, pasta de cangrejo, ajo, cilantro, leche de coco y una amplia variedad de especias. Y si bien el arroz es el ingrediente más usado, el curry es el ingrediente básico de toda la cocina tailandesa. Uno de los currys que más se utilizan es el curry massaman. Generalmente se prepara con leche de coco, maní tostados, papas, hojas de laurel, semillas de cardamomo, canela, azúcar de palma, salsa de pescado y salsa de tamarindo.

Para la cocción se emplean cuencos de barro o woks, la clave se encuentra en saber contrarrestar los sabores con el objetivo de lograr una perfecta mezcla agridulce.

Los ricos sabores se complementan con la delicadeza y el arte con el que se presentan la mayoría de los platos. Nunca faltan los arreglos florales en la mesa, ni las frutas moldeadas de formas caprichosas.

Así como es difícil de describir y encasillar en palabras, la comida tailandesa es fácil de disfrutar por eso aquí van unas recetas para que pongan en practica las ganas de descubrir sabores diferentes.



Langostinos con curry de cardamomo y mango



Ingredientes:

4 langostinos pelados
4 finas rodajas de mango maduro
1 cucharada de yogur

Para el curry:
125 gr de aceite de oliva
30 gr de ajo
250 gr de cebolla
20 gr de jengibre rallado o en polvo
50 gr de guindilla
5 gr de cúrcuma
10 gr de cilantro fresco picado finamente
2 gr de semilla de mostaza
2 gr de semilla de cardamomo
500 gr de tomate pelado y troceado
½ lima

Preparación:

En una sartén con aceite de oliva caliente, freír la cebolla y el ajo. Mientras, en un mortero moler las semillas de cardamomo, y una vez que esten molidas agregar los restantes ingredientes. Llevar todo a fuego medio por 30 minutos, luego, dejar que el curry repose.

Colocar en una plancha caliente los langostinos a cocinar, añadiendo de a poco el jugo de lima. Retirarlos cuando estén dorados.

Para armar el plato, colocar en una fuente el mango cortado en laminas, luego el curry y finalmente los langostinos alrededor. Rocíar con una cucharada de yogur.


Pollo al jengibre con tallarines



Ingredientes

- 2 cucharadas de aceite vegetal
- 1 cebolla en rodajas
- 2 dientes de ajo picados finos
- 1 trozo de jengibre de 5 cm en tiras
- 2 zanahorias en rodajas finas
- 4 pechugas de pollo sin piel
- 300 ml de caldo de pollo
- 4 cucharadas de salsa de soja tailandesa
- 225 g de brotes de bambú de lata, lavados y escurridos
- 75 g de tallarines de arroz
- 4 cebolletas en rodajas y 4 cucharadas de cilantro picado, para adornar

Preparación

Calentar el aceite en un wok y saltear la cebolla, el ajo, el jengibre y la zanahoria 1 o 2 minutos, hasta que estén tiernos. Luego colocar el pollo y saltearlo hasta que esté hecho y ligeramente dorado.

Añadir el caldo, la salsa de soja y los brotes de bambú. Llevarlo a ebullición y, a continuación, bajar el fuego dejándolo hervir por 3 minutos. Mientras tanto, remojar los fideos en agua para luego cocinarlos en agua hirviendo durante 6 o 8 minutos, escurrirlos bien. Sirvir el pollo con los tallarines, adornado con la cebolleta y el cilantro.

Bunraku, teatro japonés de marionetas




El  teatro Bunraku de marionetas se caracteriza por la armoniosa combinación de tres elementos; el canto narrativo, la interpretación del laúd shamisén y el manejo de los títeres.

Mientras se escucha la narración y la música, el público observa la acción por parte de los títeres en el escenario. Los narradores se ubican en una plataforma a la derecha del escenario junto con los intérpretes de shamisén

La poesía es dramática y descriptiva. El Bunraku se caracteriza por tener una gran ornamentación poética y una vigorosa recitación. Sin embargo el lenguaje utilizado es el de la vida cotidiana.
El recitador declama, canta y narra la historia mientras su rostro expresa todos los sentimientos posibles en cada una de las situaciones que interpreta. Pese a no poder moverse del sitio que ocupa actúa con todo su cuerpo. Le está prohibido cualquier tipo de improvisación y debe ajustarse al ritmo estricto de la melodía.

El shamisén proporciona la melodía, y no es un mero acompañamiento.
La música tiene y transmite matices emotivos y psicológicos.
El peso de la interpretación del recitador y el movimiento de los muñecos recaen sobre la música. No dar una nota a tiempo podría resultar catastrófico para todo el conjunto.

El rasgo peculiar del bunraku es la actuación de los tres artistas manejando los títeres a la vista del público. El actor principal suele actuar con un lujoso kimono, mientras que los otros dos van vestidos de negro y llevan la cara cubierta con una especie de capucha también negra.
Se dice que la actuación de estos tres hombres solo puede tener éxito si respiran todos al mismo ritmo.

Asistir a una representación de bunraku equivale a contemplar una manifestación pura del alma japonesa. Porqué el bunraku se basa en la armonía de diferentes elementos, en la colaboración sacrificada de diversas personas para conseguir una misma finalidad, la belleza.

El Silencio del Buda


Resalta como uno de los rasgos más característicos de Buda, el de haber sido un ser silencioso. No hace falta ser un estudioso de las culturas del oriente, ni un filólogo avezado en el manejo de los cánones budistas; cualquier hombre común que haya tomado contacto alguna vez con una imagen de Buda coincidiría en destacar su apariencia bonachona y cordial, su sonrisa generosa y su silencio.

Entre los muchos silencios que Buda guardó, hay uno que ha sido especialmente elocuente. Buda guardó perfecto silencio en relación al misterio acerca de la existencia de Dios. La inquietante y perturbadora idea que entraña la presencia de una fuerza más allá de lo humano que creó y rige todo aquello que es.

Buda nunca negó la existencia de Dios, mas tampoco la afirmó.

Este silencio de Buda ha hecho posible que durante cientos de años hombres y mujeres que buscaban un sendero de autoconocimiento pero que no podían transigir con la idea de la existencia de un Dios, encontraran en el budismo un camino afín.

Parece mentira pero el lenguaje es un arma muy potente. Un rótulo de cuatro letras puede resultar depositario de tantas pasiones, expectativas y preguntas sin respuesta que tanto puede dar lugar a que se libren batallas en su nombre como a que un buscador sincero se vea impedido de continuar con su camino solo porque en la puerta a la que ha llegado una inscripción reza: “Dios”.

Buda vio que esto era una necesidad de su tiempo y que existían almas que precisaban que se las liberara del peso de ese nombre, ¿para qué? Para que la mente dejara de entretenerse con especulaciones y al ver la salida del sol pudiera sentir tibieza sin necesidad de explicar nada más.

El silencio de Buda fue su respuesta.

Cuando se acercaban a él hombres y mujeres aquejados por los males del mundo con la esperanza de que cambiara su suerte y los colmara de bienes, el Maestro permanecía en silencio.

Exactamente la misma respuesta recibían aquellos otros hombres que arropados bajo una actitud de búsqueda metafísica le preguntaban acerca de la existencia de Dios, del destino, del origen y fin de lo creado. Silencio, solo silencio.

El silencio de Buda es su respuesta pero no al modo de quien nada contesta. En su silencio Buda invita a volver sobre la pregunta y advertir que ella es el producto del frenesí de una mente desbocada. No hay preguntas más o menos elevadas, inquietudes más o menos importantes, toda inquietud viene de la mente y la mente debe ser aquietada. Esto no quiere decir que toda explicación sea desechable, otros maestros y seres extraordinarios han dejado sus libros y mucha explicación, esta ha sido simplemente la forma que tomó la enseñanza de Buda, delineada para las necesidades de su tiempo.

Hay algo que no deja de llamar mi atención hoy en día, en que puede verse a Buda por todas partes. ¿Por qué tanta fascinación por Buda en plena postmodernidad? Remeras, afiches, películas, bares temáticos, imágenes, restaurantes, música electrónica... Todo referenciado en la figura de Buda, qué tiene que ver todo eso con Buda. La cuestión desconcierta e intriga. Pienso que quizás, en estos tiempos nuestros signados por el vértigo y el ruido algo vemos en esa mirada silenciosa y buena, no sabemos bien qué pero vislumbramos que algo hay en esa figura capaz de contrapesar la velocidad, el dolor y el hastío del mundo en que vivimos...

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