Bharata Natyam: danza clásica Hindú



La danza Bharata Natyam tiene sus orígenes en el sagrado texto Natyashastra escrito entre el siglo II a.C. y II d.C.
Pero fue entre los siglos X y XII que la danza tuvo su mayor desarrollo y difusión. Era una práctica devocional que se representaba en los templos en honor a la deidad. Esta danza junto a la música y el canto eran ejecutados como ofrenda a los dioses.
La danza Bharata Natyam es una ceremonia y un acto de amor y devoción; música y danza, bailarina y espectador son una sola cosa en Dios.
Bharata Natyam significa también fuego que danza, por eso los movimientos de la bailarina se asemejan a los movimientos de una llama que baila.
Esta danza es la manifestación del universo a través de la belleza del movimiento del cuerpo, en los gestos se expresan sentimientos, emociones y acciones inspirados en los atributos divinos.
La bailarina puede encarnar uno o varios personajes, así como narrar fragmentos de una epopeya épica o de una historia sagrada. 
La danza se caracteriza por los golpes de los pies en el suelo, las posturas lineales y simétricas, los movimientos de la cabeza, de los ojos y los gestos de las manos, llamados mudras.
La danza Bharata Natyam representa una técnica muy rigurosa, pero a su vez en un sentido más profundo, la danza se transforma en una meditación.  
La bailarina va profundizando este arte, y será a través del olvido de sí que podrá reflejar atributos superiores como dulzura, entrega, alegría, fuerza. Y en ese olvido la danza se transforma en un diálogo con Dios.

Mandalas


La palabra Mandala es de origen sánscrito, significa "contener la esencia", también se puede traducir como círculo o ciclo.
El mandala es un dibujo geométrico, mayormente de forma circular o cuadrada que se origina en un centro  y se desarrolla hacia afuera por medio de líneas entrecruzadas formando formas geométricas o figurativas. El estilo y significado específico de cada mandala se explica según la época y la comunidad que lo realiza. Sin embargo todos tienen algo en común, su patrón esta organizado alrededor de ese punto o raíz central, conocido como bindu, que representa la matriz creadora del Universo, su esencia.
Los mandalas son, por un lado un ejemplo de expresión artística y por el otro un vehículo de  espiritualidad.
Para algunas antiguas civilizaciones eran una representación del cielo en la tierra cuya función era alinear las acciones de los hombres en la tierra con las acciones de lo divino, y cada cultura lo expresó de forma diferente.
En el mundo tibetano, se utilizan para decorar y santificar templos y hogares; en ritos de iniciación de monjes, gobernantes y hasta en ceremonias funerarias.
Para el budismo, el mandala representa pictóricamente el modelo de un universo perfecto. Para esa tradición de pensamiento, es un símbolo de la iluminación conseguida a través la liberación última y la armonía suprema.
Para los budistas el mandala es la representación del crecimiento espiritual cuyo punto central es la mente. Durante la construcción de los mandalas los monjes budistas enfocan sus mentes en las enseñanzas y atributos de Budda, de esta forma la construcción y contemplación de la geometría del mandala los lleva a un estado de meditación.
Los monjes budistas se dedican durante mucho tiempo en producir grandes y complejos mandalas que una vez terminados son destruidos. Demostrando a través de este arte la impermanencia de las cosas.
La creación de un mandala es una minuciosa tarea utilizada por los monjes budistas para entrenar sus mentes, y adquirir de esta manera formas mas elevadas de comprensión de la realidad. 


La sed de Alí ibn Abi Talib



La sed es una sensación común en el desierto.
El sol abrasador, las altas temperaturas, el viento y la sequedad que provoca, la arena en la boca, en la garganta; la lengua pastosa, caliente. La agitación de la mente que se perturba porque sabe que un oasis o un pozo de agua son bendiciones demasiado infrecuentes. La sed se convierte así en una compañía familiar y en un enemigo secreto para el hombre del desierto.
En ocasiones donde está el veneno se halla también la cura y esa misma sed que tortura y reclama, que ocupa toda la mente y cada poro de piel, que nos hunde en desesperación y nos hace bramar bajo los afilados rayos del sol ardiente: –Tengo sed, tengo sed, tengo sed. Esa misma sed, puede transformarse en la escalera al cielo de algunos hombres.
Y si de hombres sedientos se trata, existió uno llamado Ali ibn Abi Talib cuya sed sin par necesitó de una fuente también inigualable para resultar saciada. Hacía falta un océano como el del Profeta Muhammad para apagar una sed tan añosa y extensa como  la que sentía Ali.
El dolor del anhelo en el pecho de Ali era tan intenso que lo hizo abandonar la compañía de sus padres siendo todavía un niño. La sed de Ali era una sed esencial. Él no anhelaba los bienes de este mundo, logros, ni una posición social prominente. Su anhelo giraba en torno de una sola y única cosa. La sed que lo desvelaba en interminables noches de insomnio y agitación era el anhelo de alcanzar la unión con el Amado.
Ali se perdió en ese anhelo, en esa sed. Se olvidó de absolutamente todo: de lo que estaba bien, de lo que estaba mal, se despreocupó de que los demás hombres lo juzgaran y señalaran como al seguidor de un loco.
Ali se abandonó en su amor al Profeta. Dedicó cada segundo de su existencia a escuchar al Profeta Muhammad, a obedecerlo, a servirlo, a amarlo y a abrazar la Verdad con tal vehemencia que los propios ángeles se rendían a sus pies y reclamaban su presencia en el paraíso.
Bajo el manantial de Muhammad la sed de Ali se fue apagando paulatinamente, al comienzo ni siquiera el propio Ali lo notaba, él seguía sediento pero bebía y bebía océanos enteros con cada sura de la Revelación.
Al final de sus días en este mundo, Ali ibn Abi Talib no era más que una tela muy, pero muy delgada. Al contemplarla con atención podía verse a trasluz, por detrás de ella, allí nomás, la figura de quien se había declarado su hermano en este mundo y en el otro: el Profeta Muhammad.  


Los caballos del Profeta



Cierto día, el Profeta Muhammad dispuso que sus seguidores se encargaran de reunir a los mejores caballos de entre aquellos que servían a la causa del Islam.

Así fue como, al cabo de unos días, fueron traídos a su presencia cien caballos. Era imposible elegir entre ellos: la belleza de cada uno, el brillo de su pelaje, su galope grácil y elegante, su evidente fortaleza, eran solo comparables con los rostros de las mujeres más bellas de la península arábiga.

Los discípulos pensaban que el Profeta preparaba una expedición militar importante y por eso esperaban ansiosamente sus instrucciones. Contrariamente a lo que habían creído, la indicación de Muhammad fue otra y les resultó desconcertante. El Profeta dijo: –Construyan un corral en las cercanías de aquél espejo de agua y encierren en él a los caballos. Deben cuidar muy bien que los caballos no tengan contacto con el agua, pero sí deben tenerla al alcance de su vista.

La construcción fue realizada y el Profeta dispuso que los caballos permanecieran encerrados en ella día y noche durante cinco jornadas de intenso calor. Los animales habían comenzado a agolparse los últimos dos días sobre el lado del corral que daba hacia el agua y hacían desesperados intentos por sortear la cerca usando las últimas fuerzas de las que disponían.

Al cabo del quinto día Muhammad dio la orden de que el corral fuera abierto y los animales liberados. Como era dable esperar, los caballos salieron en estampida hacia el portón en busca del agua que les devolvería la vida. Cuando se encontraban recorriendo los metros finales, el Profeta con su dulce y potente voz los llamó.

En su desesperación era lógico que los animales desoyeran el llamado de Muhammad y continuaran su desenfrenada carrera por la supervivencia. Sin embargo hubo cinco caballos, tan sedientos y necesitados como cualquiera de sus compañeros, que al sentir la voz del Profeta se detuvieron e inmediatamente emprendieron el regreso hacia su Señor.

El Profeta los recibió con una sonrisa y acariciándolos tiernamente le dio a cada uno un nombre. Se dice que todos los pura sangre árabes descienden de estos cinco valientes caballos que eligieron al Profeta Muhammad.     

El Mensajero



El Amor se encuentra en todo y en todas partes pero no lo buscamos
Caminamos apurados, en este mundo que es nuestro, y nos sentimos extraños

Anhelamos el amor pero lo queremos en dosis pequeñas y a intervalos
Nos entretenemos con bienestar y velocidad, tenemos miedo de ahogarnos

La mente nos habla, los ojos abarcan, los días pasan, eso es existencia
Queremos mantener lo poco que tenemos y nos olvidamos de nuestra herencia

Oh amigo, toma medidas drásticas por una vez, tira la cautela a un pozo profundo
No busques el amor en los bolsillos de tu cartera, ni en las reglas de este mundo

El tiempo hará surcos en tus mejillas, no hay nada que podamos preservar
Estamos hechos de un material llamado amor, todo el resto hay que abandonar

No te desesperes, también hay flores, montañas, caricias y atardeceres
Disfruta de cada momento, en soledad o en compañia del dolor o del placer

Espera despierto al mensajero, él puede venir en cualquier momento con la invitación
Si llega, corre a ver al Tabernero, Él te servirá una copa de vino que llenará tu corazón

José Henriques, Poemas del Olvido.

Seguidores