La sed de Alí ibn Abi Talib



La sed es una sensación común en el desierto.
El sol abrasador, las altas temperaturas, el viento y la sequedad que provoca, la arena en la boca, en la garganta; la lengua pastosa, caliente. La agitación de la mente que se perturba porque sabe que un oasis o un pozo de agua son bendiciones demasiado infrecuentes. La sed se convierte así en una compañía familiar y en un enemigo secreto para el hombre del desierto.
En ocasiones donde está el veneno se halla también la cura y esa misma sed que tortura y reclama, que ocupa toda la mente y cada poro de piel, que nos hunde en desesperación y nos hace bramar bajo los afilados rayos del sol ardiente: –Tengo sed, tengo sed, tengo sed. Esa misma sed, puede transformarse en la escalera al cielo de algunos hombres.
Y si de hombres sedientos se trata, existió uno llamado Ali ibn Abi Talib cuya sed sin par necesitó de una fuente también inigualable para resultar saciada. Hacía falta un océano como el del Profeta Muhammad para apagar una sed tan añosa y extensa como  la que sentía Ali.
El dolor del anhelo en el pecho de Ali era tan intenso que lo hizo abandonar la compañía de sus padres siendo todavía un niño. La sed de Ali era una sed esencial. Él no anhelaba los bienes de este mundo, logros, ni una posición social prominente. Su anhelo giraba en torno de una sola y única cosa. La sed que lo desvelaba en interminables noches de insomnio y agitación era el anhelo de alcanzar la unión con el Amado.
Ali se perdió en ese anhelo, en esa sed. Se olvidó de absolutamente todo: de lo que estaba bien, de lo que estaba mal, se despreocupó de que los demás hombres lo juzgaran y señalaran como al seguidor de un loco.
Ali se abandonó en su amor al Profeta. Dedicó cada segundo de su existencia a escuchar al Profeta Muhammad, a obedecerlo, a servirlo, a amarlo y a abrazar la Verdad con tal vehemencia que los propios ángeles se rendían a sus pies y reclamaban su presencia en el paraíso.
Bajo el manantial de Muhammad la sed de Ali se fue apagando paulatinamente, al comienzo ni siquiera el propio Ali lo notaba, él seguía sediento pero bebía y bebía océanos enteros con cada sura de la Revelación.
Al final de sus días en este mundo, Ali ibn Abi Talib no era más que una tela muy, pero muy delgada. Al contemplarla con atención podía verse a trasluz, por detrás de ella, allí nomás, la figura de quien se había declarado su hermano en este mundo y en el otro: el Profeta Muhammad.  


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