EL NIÑO QUE MIRABA EL CORÁN



'He hecho voto de silencio al Compasivo.
No voy a hablar, pues, hoy con nadie'

(Corán 19:26)

    ¿Tendrá una vida corriente de niño?
¿Será su rutina la del despertar temprano, la caricia de madre, el desayuno caliente, el uniforme prolijo y la jornada escolar?
Sus ojos parecen desmentirlo. Encierran una expresión quieta que no resulta acorde con la vivacidad que sería dable esperar a tan corta edad.
  Es cierto que son mis vecinos, pero esa familia ha tenido siempre para mí los contornos del enigma. La conjunción entre mi carácter hosco y la enfermiza obsesión de esta gente por mantener su vida en la más absoluta oscuridad, arrojó como resultado un completo desconocimiento mutuo cultivado a lo largo de más de veinte años.
  Todavía recuerdo el día que el niño llegó. Aunque lógicamente no pude verlo directamente, vi a su madre apurada cargando en brazos un revoltijo de mantas, una lluviosa tarde de abril. Todo un hito en nuestra anónima historia de vecinos: el ingreso del revoltijo de mantas al mudo hogar.
  En ocasiones he intuido que la madre enfermó y que se encuentra recluida en su habitación desde hace años y que quizás ese sea el dolor que ensombrece los ojos del niño. Otras veces he pensado que pudo haber muerto y que la inexplicable pulcritud de esta gente evitó que la noticia corriera.
  Lo cierto es que con la madre viva o muerta a la única que puede verse, de tanto en tanto y en apariciones fugaces, siempre laterales, es a la hermana. La hermana debe triplicar en edad al pequeño y se dirige a él y lo mira, con ojos de madre.
  Cada día, poco antes del atardecer, la hermana despliega frente a la puerta de entrada una muy bella alfombra que por el respeto con el que la extiende, aventuro que ha de tratarse de un valioso recuerdo familiar. Son unos quince a treinta minutos diarios que constituyen el único momento público de mis indescifrables vecinos.
  Como si fueran conscientes de la presencia de una audiencia que espera ávida del otro lado ser compensada por tantas horas de silencio y desinterés; esos minutos del atardecer reservan una ceremonia de inusitada belleza.
  Alcancé a contarles que la hermana extiende solemnemente la alfombra, pero aun no he dicho nada. Lo importante viene después. Como un eminente director de orquesta, recién cuando la hermana ha terminado de alisar los bordes de la alfombra, emerge la figura del niño.
  El niño ingresa cada día con algo diferente: un texto de caligrafía árabe, el sagrado Corán, el Diwan de Hafiz o un libro con grabados de los más bellos nombres de Allah. Traspone la puerta, avanza menos de un metro y pone sus dos rodillas en tierra. Cierra los ojos, alza la vista al cielo y pronuncia unas palabras que no alcanzan a salir de sus labios. Tras hacerlo, se sienta sobre la planta de los pies, coloca el libro del día sobre las rodillas y luego delante del rostro, para dar comienzo a su silente lectura.
  Durante esos minutos, el niño se transforma. Con solo pisar esos seis metros cuadrados de fibras trenzadas, el niño abandona el duro mundo de los hombres para ponerse en contacto con el otro; aquel en el que recupera su rostro de niño y en el que sus ojos, se encienden.
  Consumado el rito, el niño cierra el libro del día y a veces, solo a veces, se lleva el libro a la frente luego de cerrarlo. La hermana que permanece a un costado casi como examinando la ejecución de la faena, le franquea el ingreso al hogar para recoger luego rigurosamente la alfombra.
  Ustedes no me creerían si les dijera que un hombre con una vida tan rica, que ha sido amado y reconocido, abriga un gran terror ante la posibilidad de la muerte. Tengo miedo de morir sin conocer el misterio de aquella casa, aunque suene inexplicable aun para mí mismo, el asunto me desvela. He decidido dar un paso el frente y atreverme.
  Ahora estoy muy cansado en mi cama y no sé si esto que habré de relatarles ha de verdad acontecido, tomé fuerzas y a la hora señalada gané la salida de mi propia casa, esperé el ritual acostumbrado: la apertura de la puerta, la constatación de la lisura de la alfombra, la indicación de la hermana para que el niño salga, los dos pasos, las rodillas al piso, la lectura, el libro a la frente y el fin.
  -Buenas tardes hijo, he sido vecino de tu familia por más de veinte años. Durante incontables tardes te he observado en esta misma alfombra desplegar tu cuidadosa ceremonia de lectura. Puedo saber a qué obedece tal comportamiento.
  -Estimado señor, lamento no poder responder a tan sincera inquietud. Solo habré de decirle que como es lógico a mi edad, aun no he aprendido a leer y sinceramente no creo que lo haga alguna vez pues mi padre me ha dicho que la palabra de Dios debe vivirse y no repetirse. En lo que hace a los libros, puedo decirle que simplemente los miro. Y generalmente ni siquiera eso. Simplemente los interpongo delante de mi rostro como una suerte de velo de papel y letras, a fin de que ninguna mirada indiscreta logre importunar el momento de intimidad con mi Amado.

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