Durga


Así como el blanco, el azul, el amarillo y todos los colores desaparecen en el negro, del mismo modo todos los seres, a su tiempo, entran en Durga.
Ante su presencia las almas se estremecen y comprenden.

Ella está libre del tiempo y del espacio,es inmortal, y fulgura con más intensidad que el mismísimo sol.
Durga observa y con sus brazos de guerrero antiguo devora toda pretensión. Ella protege a aquellos en peligro y los dirige, tiernamente, hacia su destino. 

La joya en su pecho es la certeza que 
 disipa todos los miedos. Durga bendice a cada uno de sus amantes según su necesidad.
Ella contiene el universo entero, sentada en un loto rojo posee todos los tesoros de Kala que, ebrio del vino, juega con el universo entre sus dedos.

Visitamos la Mezquita del Shah

      De viaje por la República de Irán, en los territorios de lo que fue la antigua Persia, recuerdo una visita a la monumental mezquita del Shah ubicada en la ciudad de Isfahán.
  La cúpula azulada y los grandes minaretes que la presiden, albergan buena parte de lo más refinado y sutil del arte islámico.
  El primer día no me atreví a entrar, recorrí el cuidado parque que circunda al templo y obtuve cuanta foto pude buscando retener la belleza arquitectónica que tenía ante mis ojos. Me dediqué también a observar en detalle el modo en que las personas que entraban a la mezquita, vestían.
   Al segundo día me procuré la vestimenta adecuada e ingresé al templo. No sabía cómo comportarme, así que me pareció respetuoso imitar lo que las otras personas hacían. El modo de caminar, el silencio que observaban, los lugares en que se detenían y la forma en que rezaban. 
   Estuve un buen rato y al salir un hombre que ofrecía a la venta imágenes y recuerdos de la mezquita me dijo: -Lo noté allí dentro muy preocupado por hacer lo mismo que los demás hacían; por reproducir prolijamente cada gesto. 
   -Ciertamente, le respondí creyendo que se trataba de un elogio. -Me pareció lo más respetuoso dado que soy un hombre que está de paso y no conozco las costumbres de este lugar. Así que me tome un tiempo para observar y repetir lo mejor que pude aquello que había observado hacer a otros.
   El hombre se puso bastante serio. Me dijo que no dudaba de mis buenas intenciones pero que aquello que yo juzgaba estimable, tal vez no lo fuera tanto.
    Me dijo: -Este lugar es una casa de oración antes que un bello edificio. Y eso es mucho más que un simple escenario en el que se ensayan y repiten gestos.
   -Usted no tiene necesidad de imitar a nadie. Puede hacerlo, claro que puede hacerlo, cientos de miles lo hacen cada día y no aquí sino a lo largo y ancho de todo el mundo, muchos quieren vivir la misma vida, copiar el éxito de los otros. Pero a la hora de la plegaria, el asunto es diferente. No es imitando una pose o un conjunto de gestos o palabras que se logra entrar en contacto con la Verdad-
        Después de decirme esto me transmitió las palabras que a continuación les diré y que aún hoy conservo anotadas en un arrugado folleto de la mezquita que era el único soporte que tenía a mano.

 Mirándome a los ojos y haciendo un visible esfuerzo por recordar con precisión cada palabra ya que según me refirió no eran sus palabras sino las palabras de su maestro, me dijo: -La plegaria que Dios escucha es la plegaria del corazón. 



 Que se eleva desde el corazón y que lleva el sufrimiento del corazón, esa es la voz a la que Dios le presta atención.
-Es mejor no adorarlo si no puedes hacerlo con tu corazón puesto en ello.
 Dios no escucha el lenguaje de la lengua o el de la mente. Él responde solo al lenguaje del corazón.

El lenguaje del corazón es la canción de Amor para el Amado. Y el Amado sólo puede ser encontrado en ti, ya que Su única morada es el corazón.

Levedad


Rápidos como el agua del río o el viento del desierto, 
nuestros días huyen.
Hay dos días, sin embargo, que me dejan indiferente:
el que se fué ayer y el que llegará mañana.
Omar Kahayyâm

Humor


Dijo un maestro a su discípulo recién llegado: Cuando tomaste la forma humana te olvidaste de todo, incluso de reír y de cantar. Te cubriste con el manto de la razón y la mente se hizo tu reina y soberana. Arriaste banderas de hielo y saliste a conquistar el mundo y juzgaste tu propio valor por las posesiones acumuladas en esa empresa. Ahora el hielo amenaza tu corazón, perdiste la alegría y no encuentras sosiego, por eso has venido.


El discípulo, conmovido, rompió en llanto. Cuando se recuperó fue preso de una sincera alegría. Mirando al maestro a los ojos le dijo: -Cómo pudo saber mi historia si ni siquiera me conoce? El maestro le contestó que su historia era la historia de todos los que llegaban a su puerta.

La consciencia de nuestra propia finitud, debería bastar para que no pudiéramos reírnos de nada. Si a eso agregamos que venimos a este mundo a buscar la felicidad y que la felicidad siempre nos elude, el panorama se torna aun más dramático. Hay felicidad sí, pero son instantes, momentos que se escurren y que nunca dan forma a algo definitivo o permanente.

Por eso es que a veces me cuesta entender de qué se ríen estos tipos en la India. Estoy en Bombay. Aquí viven alrededor de 14 millones de personas, sí 14 millones de personas en su mayoría en condiciones de pobreza extrema.

Me pueden explicar de que se ríe el tipo de la foto. Le faltan más dientes de los que tiene, anda descalzo y la ropa digamos que no impresiona precisamente como un canto a la elegancia, de qué se puede reír. Me produce cierta admiración pero la verdad es que me puede más la bronca y el fastidio, no lo entiendo.

En realidad puedo entenderlo pero, si lo intento, la situación me pone frente a un incómodo espejo. Si la felicidad reside en tener, la batalla estará siempre perdida pues incluso aquello que más estimamos, nuestra propia vida, está destinado a perderse. El juego de acrecentar y poseer termina en el palacio de la soledad y la pérdida de sentido.

Los maestros del oriente suelen decir que el verdadero conocimiento consiste en saber que no hay nada que conocer. Que la felicidad es alcanzar algo que nunca se perdió y que solamente está cubierto por nuestra propia ignorancia, no tenemos que aprender nada más, sólo despojarnos de las capas y capas de ignorancia con que nosotros mismos nos hemos cubierto.

Lo único que vale la pena tener ya es nuestro: esta vida y la oportunidad de volvernos artistas. Seguir el pulso de la inspiración y volver nuestra mirada, sonriente, hacia el Sol.

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