La molienda

Al principio el grano de arroz se cree mucho más que eso. Ha olvidado su modesto origen, de haber sido engendrado de una sola semilla para dar fruto y verdecer.
El grano de arroz se considera a sí mismo como una parte de algo mayor que lo contiene y le otorga sentido: La vigorosa y esbelta planta.
En la planta conviven muchos granos, todos atados a la suerte de la manada o en este caso la del racimo. El viento, al mover la planta, los mueve a todos en la misma dirección; el sol es el mismo sol para todos y el agua, mucha, es también la misma.
Fortuna o desgracia, cada grano sigue la suerte de la planta a la que se encuentra adherido. La planta aplana todo vestigio de individualidad: iguala y uniforma. Ningún grano se atreve a expresarse. La planta suprime la identidad pero a cambio, conforta con seguridad y contención.
Pese a todo lo encantador que pueda ser este estado, ha de llegar un momento que es inevitable. Para algunos granos el momento llega antes y para otros después, eso depende de un sinfín de variables. Pero algún día el momento de la cosecha, llega.
Las plantas son cortadas, los granos de arroz hacen ingentes esfuerzos por mantenerse unidos. Llega la zaranda. Los granos comienzan a separarse unos de otros, cáscaras, hojas, tierra, la depuración es lenta pero no cede, los granos de arroz golpean entre sí, se agitan de un lado al otro y al cabo de este laborioso proceso nacen a una nueva existencia.
Ahora pueden mirarse a sí mismos. Ningún motivo tienen para hacer alarde. Son pequeños, de un solo color y carecen de todo atractivo. Sin embargo descubren en ellos mismos una dureza que antes siquiera eran capaces de imaginar. Están solos. Y descubren que a pesar de su ser diminuto cada uno tiene su propia voz. No es la voz de la planta, no es la voz de la manada, ni del racimo, es la propia voz, diferente para cada uno.
Dicen que los granos ante ese descubrimiento pueden sentir un intenso temor y es frecuente que pugnen por volver a la tierra para volver a ser planta y multitud. Algunos pocos, se atreven a cantar y entonan letanías y dulces canciones, se vuelven artistas.
Pero aun falta un gran paso que solo cada grano es capaz de dar. Por su propia voluntad y no por la de sus amos, el grano de arroz emprende el camino rumbo al molino. Sabe que la molienda es el fin de su ya casi insignificante existencia. No obstante eligen felices y sin ostentación su destino. Ser menos que un granito. Volverse harina, polvo, nada.
Se desata una tempestad, un increíble viento. La harina vuela lejos a todos lados, a ningún lugar. Se ha vuelto nada, se esparce en todo, es el fin de la jornada.

1 comentario:

mario dijo...

granos que pugnen por ser plantas, un saludo

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