San Francisco de Asís

  Francisco fue un hombre admirable por diversas razones.
  Era modesto y ecuánime, su presencia transmitía la paz que solo emana de los piadosos y justos.
  Era un extraordinario poeta, las bellas canciones que cantaba al sol, al agua y al viento ponían alas en los corazones de quienes las oían.
  Vestía como una persona sumida en la pobreza, con un atuendo muy sencillo que era siempre el mismo.      
  Cuando caminaba bastaba con ver su imagen para recordar la futilidad de este mundo y la necesidad que toda alma tiene de vivir en el otro. El crujir de sus sandalias en el polvo, era capaz de contagiar a los peregrinos de un intenso y ardiente anhelo. 

Francisco hablaba con todos los seres de la creación: con hombres y mujeres, con los animales, los árboles, el viento, las montañas… cada ser le traía la voz de Dios y Francisco, la obedecía.
  Pero ninguna de estas cosas hizo de Francisco el extraordinario hombre que fue: ni la modestia, ni la piedad, ni la justicia, ni la poesía, ni la pobreza, ni la obediencia.
  Él examinaba su propia vida y se quitaba todo mérito, decía haber hecho lo único que podía hacer, como si no hubieran existido otras opciones a su alcance. Lo que me sucedió fue que me enamoré locamente de Jesús, repetía una y otra vez Francisco.
  Cuando un hombre se enamora de ese modo, no puede comer, no puede dormir y ya no encuentra sabor en nada que no sea la compañía de su Amado.
  Piensen en una arrebatadora experiencia de amor aunque se trate de amor humano. Al menos durante un tiempo uno no puede salirse del éxtasis, la compañía del ser amado lo es todo y solo se busca su complacencia. El enamorado se olvida por completo de sí mismo y es y existe solo por y en el ser amado.
  Francisco no solo se había enamorado con una inusitada vehemencia sino que además había elegido con mucha valentía a su Amado.
  Había elegido como su Amado a aquel cuya belleza nunca mengua. A aquel cuyos ojos son luz que destruye toda falsedad. A aquel cuya compasión es un río de fuego. A aquel cuya sonrisa dio origen a este mundo y al próximo.
  Francisco se dejó arrasar por ese amor hasta perderse. Y ya no supo nada más de sí. Vivía solo para escuchar la voz de su Amado y para intentar complacerlo. Francisco ya no existía como algo separado de su Amado.
  Cuentan que estremecido por la determinación y la sinceridad de este amante, el propio Dios dijo: Si me aman como San Francisco amó a Jesús, entonces no sólo Me realizarán, sino que Me complacerán.

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