Amrita, alimento de la inmortalidad




Según se cree en tiempos remotos en la India, dioses y demonios se habían lanzado a la búsqueda de la amrita, el alimento de la inmortalidad. 
Antiguos ecos resonaban diciendo que ese alimento realmente existía. Tal era su magnificencia que el propio Dios Vishnu advirtió a los buscadores que ninguno de los bandos por sí solo podría encontrar el anhelado alimento. Así que los instó a que se unieran y juntos, dioses y demonios, retomaron la búsqueda. Fue el propio Vishnu quien les fue dando paso a paso los ingredientes de la divina receta. Hierbas exóticas, extrañas raíces, toda clase de bulbos y plantas y flores… 
Cada ingrediente fue cuidadosamente agregado en el océano de leche. Pero según Vishnu la preparación tenía que ser mezclada. Pero ¿cómo hacer para batir el océano? Dioses y demonios fabricaron un batidor utilizando a Mandara, la montaña de oro, a la que rodearon con Vasuki, la serpiente gigante. Con ese grandioso batidor lograron  agitar fuertemente el océano. Al principio la preparación tenía una extraña coloración y un aroma no del todo agradable. Continuaron batiendo y poco después el océano brillaba con el brillo de mil soles, irradiando el más exquisito de los perfumes.
La evidencia era indudable. Habían alcanzado la amrita, el alimento de la inmo rtalidad. Dioses y demonios retomaron entonces su añeja disputa por alcanzar el control de la amrita. La intervención de Vishnu puso al alimento de la inmortalidad bajo el dominio de los dioses. Los demonios no se contentaron y, furiosos, emprendieron un violento ataque contra los dioses. Al cabo de una batalla cruenta y prolongada, la victoria fue –finalmente- para los dioses. Durante esa batalla y como producto del forcejeo entre dioses y demonios por obtener el cuenco en el que se encontraba la amrita, cuatro gotas del sagrado alimento cayeron sobre la superficie de la India. Los cuatro sitios así señalados son aun hoy considerados lugares santos en aquél país.
Miles de años después, en una pequeña aldea de la India rural un maestro recrea para el deleite de su joven discípulo esta vieja historia de dioses y demonios disputando por el alimento de la inmortalidad.
Al cabo del relato el maestro explicó: -Joven amigo, Dios es esa amrita: el océano mismo de eternidad, el océano de Amor. Me permites una pregunta, continuó el maestro. Supongamos que hubiera una taza de almíbar y tú fueras una mosca. Dónde te posarías para beber el almíbar.
El discípulo respondió: Me sentaría en el borde de la taza y estiraría el cuello para beber.
Por qué, le preguntó el maestro. Qué tendría de malo zambullirse en medio de la taza y embriagarse de almíbar.
El discípulo contestó: Porque si hiciera eso mis alas quedarían adheridas al almíbar y moriría.
Hijo mío, replicó el maestro, esa no es la naturaleza del alimento de la inmortalidad. El hombre no muere por sumergirse en él sino todo lo contrario, se vuelve inmortal. Atrévete. Sumérgete profundamente, no temas. Fundiéndose en Dios un hombre se vuelve inmortal. 

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