Fuego


El fuego aviva el imaginar
Disipa el frío y las sombras
Inspira a aquel que lo toma
El fuego es indomable y arrollador
Es poderoso e imponente
Es plácido como la llama de una vela
Es libre como el cóndor en el cielo
No hay fuego como el amor
Alienta y devora, es abrasador

La compañía de los Santos


Hazrat Babajan
 
Fascinación y al mismo tiempo temor, ambas cosas nos producen los espejos.
Los espejos son fascinantes, poder ver reflejados en ellos a ese ser que habitamos cada segundo, a esa forma con la que los demás nos ven cuando hablamos, cuando comemos cuando reímos y cuando lloramos...
Quizás por esas mismas razones los espejos nos causan temor. En cierto punto es más tranquilizador ignorarse y entretenerse con las muchas cosas que afuera suceden, compartiendo el tiempo y alegrías y llantos pero con otros seres que tienen otros rostros y no someterse a esa angustiosa situación de estar solo, y observarse y recorrerse palmo a palmo. Asistir a la nuda presencia, a la mirada que inquiere, del único ser inevitable, no es tarea fácil. Desde ese reflejo casi espectral, quien realmente somos nos recuerda: “No te podés escapar”. 
En el oriente la compañía de los santos es considerada un preciado tesoro. Una antigua frase dice: Un segundo en la compañía de un santo vale más que años de oraciones y penitencia.
Sai Baba de Shirdi
Así como los seres humanos solemos huir de nosotros mismos proyectando nuestra atención sobre otras personas o en variadas actividades, la cercanía de una persona sabia puede ser un poderoso estímulo para quienes buscan el conocimiento.
Una persona sabia es alguien que sabe y seguramente, como tal, tendrá mucho para dar. Quizás allí afuera, en él se concentre la respuesta a muchos de los enigmas con los que un ser humano se debate en el desarrollo de su espiritualidad.
Dóciles como una fina tela son capaces de adoptar cientos de formas: tiernos, hoscos o irascibles, por cualquier camino que elijan los hombres sabios siempre atraen hacia sí a los aspirantes y permiten que estos se acerquen cualesquiera sean las razones y expectativas que los guíen. Pero una vez a su lado las personas comienzan a experimentar una imperceptible y gradual transformación en su enfoque.
Upasni Maharaj
El sabio nunca deja de serlo. Pero progresivamente deja de ser para el aspirante un oráculo externo que tiene todas las respuestas y se transforma en una dulce y cercana presencia que simplemente acompaña y refleja.
Solo en el mismo corazón en que anidan las preguntas. Solo en el corazón que anhela intensamente alcanzar la verdad, se encuentra la respuesta que tanto añora. 
Los hombres santos son pulidos espejos. Diáfanos y sin mancha. En ellos, sin siquiera notarlo, los hombres pueden empezar a ver qué hay en su propio rostro, en su propia mirada, en su propio corazón. Bajo su compañía un hombre puede por sí mismo alcanzar a descubrir quién es y quién, siempre, ha sido.   

Caminos


Yo tomé tantos caminos, tantos caminos,
pensando que estaba cerca de la meta y pronto se terminaron.
Soñé tantos sueños y me desperté en la mañana con el dolor a mi lado.
Deseé la felicidad adornada por mis deseos, y no la pude encontrar.
Imaginé mi vida rodeada de aplausos, y no había nadie a mi lado.
Caminé tantos pasos y no me llevaron a tu puerta.
Tú, tan sólo tú puedes darme lo que busco.

Hussein y la paciencia



En un pequeño pueblo de Turquía, un hombre llamado Hussien se casó con la hija de su vecino. En la fiesta de la boda, Hussein se quedó fascinado por la conversación de dos religiosos eruditos que habían sido invitados a venir y oficiar la ceremonia. Aquellos hombres citaban de memoria largos pasajes del Sagrado Corán; trataban de las complejas interpretaciones de la ley religiosa y discutían los diferentes significados de las frases árabes. Hussein les preguntó cómo habían desarrollado tal conocimiento y sofisticación. Le dijeron que habían pasado muchos años estudiando en las grandes academias religiosas de Estambul.
A la mañana siguiente, después de la noche de boda, Hussein le dijo a su esposa: “Tengo veinte años y siento que no sé nada de verdadera importancia. Deseo ir a Estambul y convertirme en un erudito. Por favor, cuida de nuestra granja y de mis padres mientras estoy fuera. Volveré tan pronto como pueda ser un erudito”.
Hussein se fue a Estambul, que estaba a muchas semanas de viaje. Pasó los siguientes treinta años estudiando, yendo de un maestro a otro en búsqueda de conocimiento. Al llegar a los cincuenta años, Hussein partió finalmente a su pueblo natal, vestido con la ropa de un erudito del más alto rango.

En el camino a casa, se detuvo en un pueblo pequeño, aproximadamente a un día de distancia de su hogar. Los aldeanos estaban emocionados al encontrar un hombre de conocimiento entre ellos y le pidieron que pronunciara un pequeño sermón luego de la oración. Todos estaban encantados de escuchar sus sabias palabras, aunque no comprendieran la mayor parte de sus comentarios eruditos. Después, varios aldeanos se le acercaron y le invitaron a quedarse con ellos esa noche. El primer hombre que había hecho el ofrecimiento insistió en que el derecho era suyo y Hussein estuvo de acuerdo en quedarse con él.

Después de la cena, el aldeano le preguntó a su huésped cómo había llegado a ser un erudito. Hussein le contó la historia de su vida, cómo había dejado su casa el día después de su boda para ir a Estambul y llegar a ser un erudito. Recordó que se había ido a los veinte años y ahora volvía a la edad de cincuenta. Sus ojos se llenaban de lágrimas pensando en su familia y amigos que había dejado por tanto tiempo.
El aldeano dijo: “¿Puedo hacerte una pregunta?"
“Desde luego, pregunta lo que quieras”, respondió Hussein.
“¿Cuál es el principio de la sabiduría?”.
“El principio de la sabiduría es pedir la ayuda de Dios en todo”.
“No, ese no es el principio de la sabiduría”, dijo el aldeano.
Hussein replicó: “Entonces es decir, En el Nombre de Dios, el Misericordioso, el Compasivo, antes de cada actividad”.
“No, tampoco es eso”.
 Hussein mencionó todas las respuestas eruditas que había aprendido en los últimos treinta años, pero el aldeano se negó a aceptar ninguna de ellas como la respuesta correcta. Finalmente se rindió y le preguntó a su anfitrión si él lo sabía. El hombre asintió y Hussein le rogó que le enseñara el principio de la sabiduría.
El aldeano dijo: “No te puedo enseñar en una noche lo que no has sido capaz de encontrar en estos treinta años de estudios. Eres un hombre sincero e inteligente. Estoy seguro de que te puedo enseñar el
principio de la sabiduría en un año. Los hay que nunca pueden aprenderlo, por mucho que lo intenten”. Así que Hussein acordó en quedarse un año con el hombre para llegar a aprender el principio de la sabiduría.
Al día siguiente, el aldeano llevó a Hussein al campo. Trabajaron tan duramente que aquella noche Hussein terminó totalmente rendido. Esto continuó durante todo un año. Hussein nunca había trabajado tan duramente en su vida, pero lo soportó todo con el propósito de aprender el principio de la sabiduría. Sin embargo, cuando le preguntaba a su anfitrión, el aldeano siempre le decía que esperara. 
Al fin, el año se terminó. Cuando volvieron a la casa, Hussein le pidió al aldeano que le enseñara el principio de la sabiduría de una vez por todas. El lugareño respondió que se lo enseñaría a la mañana siguiente. “¿Tan corto es?”, estalló Hussein. “El decirlo es corto, pero no el entenderlo”.
A la mañana siguiente, después del desayuno, el aldeano le pidió a su mujer que preparase una bolsa de comida para su invitado de honor, con pan fresco para el viaje, fruta y carne.
“¡Olvídate de la comida y dime cuál es el principio de la sabiduría!”, gritó Hussein. 
“Ten paciencia”, dijo el aldeano, que continuó haciendo los preparativos para la partida de su huésped.
“No intentes engañarme”, dijo Hussein. “Me he pasado un año trabajando como un burro tan sólo para aprender el principio de la sabiduría. ¿Cuál es?”.
“Paciencia”, dijo el aldeano.
“No, no me hagas esperar más”, gritó Hussein, “me lo tienes que decir ahora”.
El aldeano se volvió hacia su huésped y le dijo con la mayor seriedad: “El principio de la sabiduría es la paciencia”.
Hussein se puso furioso. “Me has tomado por tonto y te has aprovechado de mí. ¡Puedo recitar volúmenes enteros sobre el tema de la paciencia! ¡Conozco cada verso del Sagrado Corán en donde se menciona la paciencia!”.

El aldeano respondió: “Cuando hace un año te pregunté cuál era el principio de la sabiduría, no fuiste capaz de contestar. Y cuando te pregunté si estabas dispuesto a pasar un año conmigo para aprender la respuesta, estuviste de acuerdo. Hace un año, no eras capaz de comprender la respuesta. Durante todo este tiempo te he enseñado la paciencia y la verdad es que tienes que ser paciente para aprender cualquier cosa importante. Has experimentado la paciencia, y ese es el verdadero aprendizaje”.

“Un erudito lleno de sabiduría sin digerir, que no ha aprendido a aplicar lo que sabe a su propia vida, es simplemente como un burro transportando una carga de libros. Los libros no han hecho nada por el burro, y tu estallido muestra que todo tu aprendizaje no ha servido de nada”.
“El aprender muchas cosas y luego enseñarlas sin haberlas puesto en práctica causa un perjuicio terrible a los demás. Cuando la gente te escuche recitar las palabras de los grandes profetas y santos sobre la fe y la caridad y luego vean que tu mismo prescindes de estas cualidades, verán que eres un mentiroso. Y peor todavía, pueden llegar a no creer en esas verdades divinas de las que hablas. ¿Cuál crees que sería tu recompensa si aquellos a los que intentas enseñar, al final perdieran su fe porque tus acciones no estaban de acuerdo con tus palabras?”.
“Por eso es tan importante tu estudio de la paciencia. Un auténtico erudito es aquel que pone en práctica lo que sabe. Sin esto, solamente hay falsedad. Así que vuelve a casa y comparte tu sabiduría con tus vecinos, pero nunca te olvides de aplicar en tu propia vida lo que has aprendido en tus estudios”. 

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