La compañía de los Santos


Hazrat Babajan
 
Fascinación y al mismo tiempo temor, ambas cosas nos producen los espejos.
Los espejos son fascinantes, poder ver reflejados en ellos a ese ser que habitamos cada segundo, a esa forma con la que los demás nos ven cuando hablamos, cuando comemos cuando reímos y cuando lloramos...
Quizás por esas mismas razones los espejos nos causan temor. En cierto punto es más tranquilizador ignorarse y entretenerse con las muchas cosas que afuera suceden, compartiendo el tiempo y alegrías y llantos pero con otros seres que tienen otros rostros y no someterse a esa angustiosa situación de estar solo, y observarse y recorrerse palmo a palmo. Asistir a la nuda presencia, a la mirada que inquiere, del único ser inevitable, no es tarea fácil. Desde ese reflejo casi espectral, quien realmente somos nos recuerda: “No te podés escapar”. 
En el oriente la compañía de los santos es considerada un preciado tesoro. Una antigua frase dice: Un segundo en la compañía de un santo vale más que años de oraciones y penitencia.
Sai Baba de Shirdi
Así como los seres humanos solemos huir de nosotros mismos proyectando nuestra atención sobre otras personas o en variadas actividades, la cercanía de una persona sabia puede ser un poderoso estímulo para quienes buscan el conocimiento.
Una persona sabia es alguien que sabe y seguramente, como tal, tendrá mucho para dar. Quizás allí afuera, en él se concentre la respuesta a muchos de los enigmas con los que un ser humano se debate en el desarrollo de su espiritualidad.
Dóciles como una fina tela son capaces de adoptar cientos de formas: tiernos, hoscos o irascibles, por cualquier camino que elijan los hombres sabios siempre atraen hacia sí a los aspirantes y permiten que estos se acerquen cualesquiera sean las razones y expectativas que los guíen. Pero una vez a su lado las personas comienzan a experimentar una imperceptible y gradual transformación en su enfoque.
Upasni Maharaj
El sabio nunca deja de serlo. Pero progresivamente deja de ser para el aspirante un oráculo externo que tiene todas las respuestas y se transforma en una dulce y cercana presencia que simplemente acompaña y refleja.
Solo en el mismo corazón en que anidan las preguntas. Solo en el corazón que anhela intensamente alcanzar la verdad, se encuentra la respuesta que tanto añora. 
Los hombres santos son pulidos espejos. Diáfanos y sin mancha. En ellos, sin siquiera notarlo, los hombres pueden empezar a ver qué hay en su propio rostro, en su propia mirada, en su propio corazón. Bajo su compañía un hombre puede por sí mismo alcanzar a descubrir quién es y quién, siempre, ha sido.   

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