Rumi y la música

Escucha el ney, escucha su noble voz que se lamenta tristemente de la separación.
Yo quiero un pecho desgarrado por la separación, para poder hablarle del dolor del anhelo.
Todo el que se ha alejado de su origen,
añora aquellos días de unión.
El canto del ney es fuego, no aire.
¡No merece vivir quien no tiene ese fuego!
Ese fuego es el fuego del amor que arde en el ney.
El ney es el confidente de todo aquél que está separado de su amigo. Sus cantos desgarran nuestros velos.
¿Quién ha visto jamás un veneno y un antídoto como el ney?
¿Quién ha contemplado jamás un consuelo y un enamorado como él?
Rumi

El karma y los sanskaras

Es de noche y hace mucho frío.
Hace semanas que la vida se ha vuelto para él un tanto monótona y pesada. Está encerrado en una habitación con un olor penetrante, azulejos verdosos, chicharras y hombres y mujeres de blancos guardapolvos que cada tanto se acercan a su cama, anotan y murmuran algunas palabras.
A este lugar lo llaman hospital y en él, el hombre de nuestro ejemplo no se siente muy a gusto. Continúa teniendo frío, casi no come y tiene problemas para dormir. Pero una noche siente sueño, mucho sueño y piensa para sus adentros –Creo que al fin, ha llegado el momento.
El hombre no sabe que a ese reposo otros hombres le darán el terrible nombre de muerte y que harán vigilia, envueltos en llanto, delante del que fue su cuerpo, mientras él, solo duerme.
La siesta le resultará tan reparadora que al despertar se sentirá rejuvenecido y pleno de energía. Y esto es estrictamente cierto, pues el hombre ha vuelto a ser un bebé, y así ha dado inicio su siguiente vida.

Aunque no lo recuerde, en esta nueva vida carga con las inclinaciones que en la otra ha forjado. En aquella se empeñó por ser siempre y aun forzadamente caritativo y humano, en esta nueva vida sus impulsos procurarán llevarlo al egoísmo y a volverse taimado.

Y eso no es todo. Miles de vidas y actos en el pasado dan el resultado del nuevo envase en el que el hombre ha encarnado. El lugar donde ha nacido, la familia, el año, todo ha sido por el mismo prolijamente guionado.
Podrá pensarse que entonces el hombre es un mero esclavo. Pero nada podría resultar más lejano. El hombre goza aquí y ahora de plena libertad. Sus inclinaciones lo invitan pero es él quien sale al escenario, solo a él le corresponde actuar.
El hombre puede valerse de un arma muy valiosa: su propia creatividad. Tornar sus inclinaciones en arte es un paso arriesgado que pocos, muy pocos, se animan a dar.
Nos han enseñado que la libertad radica en el poder de la elección. Hemos repetido ese engaño hasta transformarlo en razón.
Dicen los maestros de oriente que la verdadera libertad es no elegir. Quien elige lo hace atado a sus actos
pasados y siguiendo su inclinación. Cuando un hombre logra olvidarse de todo eso: de lo que es, de lo que ha sido, de lo que actúa y de lo que ha actuado y se enfoca solo en aquel que escribió la primera línea cuando aun nada en el mundo había sido actuado, ahí el hombre descubre una dimensión diferente. Ya no volverá a actuar para complacerse a sí mismo sino que buscará en cada pequeña cosa complacer al creador, buscará únicamente su deleite.

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