El Maestro adentro


De dónde viene esa familiaridad entre los discípulos y maestros del Oriente. Cuando el Maestro es el maestro del hogar, el maestro familiar a través de generaciones, la respuesta parece sencilla: siempre ha estado ahí y se lo acepta y considera como uno más.
Distinto cuando es el propio aspirante quien encuentra o descubre a su Maestro.
Cuando esto sucede, cuando la persona en determinado momento de la vida se encuentra con un hombre de conocimiento y sabe con la certeza de su corazón que ese es SU maestro, es habitual que tenga lugar un embelasamiento.
El aspirante se enamora del maestro, lo eleva en su consideración con el auxilio de su propia imaginación, con la proyección de sus propios deseos, colocando en el Maestro todas aquellas cualidades extraordinarias que siempre ansió encontrar en otro.
 A semejanza de lo que ocurre con el amor de pareja, cuando ese enamoramiento inicial se eclipsa, sobreviene un descubrimiento. Allí el discípulo se encuentra con la humanidad del Maestro. Es como si corriera un velo y el maestro imaginado y soñado le cediera el paso al maestro real.
Recién en este punto puede decirse que la relación entre discípulo y maestro ha comenzado.
Podrá creerse que el despertar de ese enamoramiento ha de ser doloroso para el discípulo, sin embargo sucede todo lo contrario. Ese maestro idílico y soñado, era también un maestro lejano. Casi como un ser de otro mundo con el cual es ciertamente difícil sentir cercanía, familiaridad y amor.
Cuando el maestro sin dejar de ser un sabio y un guía, se convierte también en un hombre, el discípulo descubre que el maestro es además un ser al que puede amar.
Pensemos en el caso más conocido para nosotros en occidente: Jesús y sus discípulos. Ellos seguían a un hombre, lo amaban y compartían todo con él: caminaban los mismos caminos, lavaban juntos a los leprosos, huían de la mano como amigos fieles ante las amenazas de quienes los perseguían, compartían la labor cotidiana, la mesa, el sol, los dolores y la esperanza. Qué sencillo ha de ser sentir familiaridad, cuando el maestro se comporta como una especie de hermano mayor de sus seguidores.
Pero qué pasa cuando el maestro no está ahí para marcar el paso. Para decir qué hacer, para dar consejo, para echar luz sobre las escrituras y las palabras y las acciones.
Cómo es esto de que un hombre puede seguir a un maestro aunque ese maestro no se encuentre presente bajo una forma física?
El Jesús de carne y hueso que iluminaba las noches de Jerusalem con el brillo de sus negros ojos, el Jesús que sudaba y gemía y se retorcía en la cruz, era un maestro que muchos hombres serían capaces de seguir. Pero cómo un hombre podría seguir hoy a Jesús o a Buda o a Krishna o a Rama si ellos no están aquí con nosotros, no podemos verlos, tocarlos, ni sentir el perfume de su piel. Cómo sabremos qué hacer. Cómo recibiremos su guía y apoyo si, simplemente, no están.
Tanto me desvelaba esta idea de que a la gente en la India le resultara lo mismo una y otra situación que un día se lo pregunté a un hombre con quien había empezado a tener una incipiente confianza.
Las palabras textuales no las recuerdo. Lo que sí jamás podré olvidar es la expresión de extrañeza con la que me miró y las cuatro veces en que me vi forzado a repetir y reformular mi pregunta.
Cuando finalmente entendió lo que yo preguntaba, contestó sin vueltas: Lo toman por lo mismo porque ES lo mismo.
Usted habla del amor que los discípulos sintieron por Jesús, de la dicha de estar en su compañía, de poder compartir el trabajo, el pan, la vida... Yo le digo que aquí en la India hay millones de seres anónimos que cada día comparten con Jesús, con Buda, con Rama o con Krishna: la labor cotidiana, la mesa, el sol, el sufrimiento o el gozo que les trajo el día y que lo aman intensamente y lo sienten tan cerca, tan suyo y tan familiar como aquellos hombres que caminaron con Él por Jerusalem.
Aquellos hombres y estos otros, dos mil años después, escuchan su voz, reciben su guía y su consejo exactamente en el mismo lugar: adentro de sí mismos.  

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