Pescador de hombres

No pueden imaginarse cuan ancho y profundo es el océano para un pez.
Dicen que los seres humanos llaman a esto: vastedad. Solo una palabra que es incapaz de transmitir lo que el océano es en realidad.
Pura libertad. Ser un pez nadando en el agua es la suma de toda libertad. Hoy aquí, mañana allá, aguas cristalinas o un poco de profunda oscuridad. Todo vale, lo importante es moverse, cambiar y nunca dejar de experimentar.
El océano entraña algunos pocos peligros, tiburones y algún que otro pescador. La clave es saber por dónde nadar, el océano es tan grande que siempre se puede escapar, mezclándose en el cardumen o visitando un arrecife de coral.
Dicen que hay un pescador realmente peligroso, su red produce una atracción magnética. No utiliza equipos sofisticados ni de desplaza en un buque fastuoso. Pero dicen que al sentir su presencia son los propios peces los que nadan a su encuentro y lo hacen con gozo.
Luego de oír acerca de este pescador el pez se ha propuesto evitar caer en su hechizo. Pero a la par que lo ha hecho ha tenido lugar un suceso singular. Desde que ha oído su nombre en él no ha podido dejar de pensar.
No hay día en que, aunque más no sea durante un instante, no recuerde su imaginada figura. Cómo será él? Realmente tan poderosa será su presencia? Qué tal si intentara acercarse un poco nada más, tanto como para conocerlo pero previendo de antemano una manera de escapar?
El pez jamás aceptaría ser atrapado y dicen que solo son atrapados por este gran pescador aquellos peces que lo permiten. Si fuera así el éxito de su plan estaría asegurado.
Para el pez el asunto ya era más que mera curiosidad. La imagen del pescador había comenzado a asaltarlo por igual en el sueño y en plena vigilia. Aun cuando se encontraba entretenido nadando en aguas cálidas la imagen volvía una y otra vez, los viejos placeres ya no lo contentaban. Hizo los últimos preparativos y partió en compañía de un viejo pez que dijo conocer el camino.
De pronto las aguas comenzaron a cambiar no eran cálidas, no eran frías, ni turquesas ni verdosas ni amarillas. Era algo diferente. El viejo compañero ya no estaba, el pez en nada pensaba. Había olvidado su plan las diferentes formas en que había tramado escapar y mansamente nadaba hacia el preciso lugar.
En ese instante descubrió que no era víctima de un embrujo y que aquello que aleteaba en su pecho tenía el nombre de amor y recién hoy lo había conocido. Fue por amor que el pez nadó y nadó hasta el límite de sus fuerzas, frenéticamente, desesperadamente para ir voluntariamente al encuentro de aquél que habría de pescarlo.
Fue por amor que el pez se entregó a su red. Y por amor, consintió ser pescado por aquel que todo lo es.
Pescador, red, océano y pez se descubrieron como uno solo. Por amor, el juego alcanzó su final..
 


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