El anhelo de Rabia al Adawiyya

Se cuenta en una antigua tradición que en las tierras de Zoroastro, Persia, más precisamente en la ciudad de Basra, alrededor del siglo octavo, vivió una mujer renombrada por un título singular.

Rabía al Adawiyya era conocida como la mujer más hermosa del mundo.

Su belleza, cuentan, resplandecía con el brillo de mil soles y las palabras que a cuentagotas salían de sus labios, eran siempre bellas y ciertas.
Es que además de haber sido famosa a causa de su belleza, Rabía era también admirada como una mujer de profunda sabiduría.

Su vida y sus costumbres podían parecer un tanto extrañas a los ojos de un observador ocasional, esta gran mujer, maestra de maestros en espiritualidad, vivía en un prostíbulo.

Príncipes, reyes, poderosos comerciantes, los hombres acudían al encuentro de Rabía desde los lugares más recónditos atraídos por la fama de su belleza. 

A los pocos que conseguían llegar a su puerta ella les ofrecía lo único que tenía para darles: un viejo mensaje que en sus labios cobraba nueva vida: “Si quiere embarcarse en el sendero del amor, decía, comience con tres pequeñas cosas… hable, actúe, y piense de la manera debida”. El mensaje no era un mensaje de palabras, era un mensaje que ella encarnaba, vivía. 

Pero a pesar de su belleza más allá de lo humano, de su vasta sabiduría y de su conocimiento de los misterios lejanos, había algo que agitaba el corazón de Rabía.
Conocedora de todos los secretos de los hombres, había una realidad que aun le era esquiva. Y eso se había transformado en la obsesión de sus días. 

Era una mujer absolutamente libre de todo deseo. Pero había un anhelo que aun la acompañaba. Anhelaba un encuentro cara a cara con el creador de la belleza que ella encarnaba. Tenía una sola aspiración y una sola meta. Quería conocer el rostro de Dios. 

Lo veía en todo y en todos, lo veía en los jardines y en los pájaros, lo veía en la mano del noble y en la del condenado, lo veía en el sol y en las estrellas del cielo, pero quería conocer su rostro amado.

Una tarde al límite de la desesperación y de sus fuerzas, Rabía cayó a la arena del desierto de rodillas y exclamó al cielo “Oh tú que cubriste con un velo tu rostro, deja caer el velo y muéstrate tal cual eres”.

Entonces escuchó una voz de lo alto: “Oh Rabía, no sabes lo que pides. Si me manifestara tal cual soy, todo sería aniquilado. Podrías soportarlo? Cuando Moisés quiso ver mi rostro lancé sobre el monte tan solo un átomo de luz y él cayó fulminado. Rabía no pidas conocer mi rostro, conténtate con conocer mi nombre”  

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