A los pies de Dios

Quienes profesan la fe islámica cumplen rigurosamente, cinco veces al día un preciso ritual.

Se trata del Salat u oración que se practica siguiendo una serie de pasos que van desde la preparación previa que consiste en lavarse de una forma determinada el cuerpo hasta la recitación de ciertos pasajes del Corán, teniendo presente además que la oración ha de ser hecha siempre mirando hacia la sagrada Meca.

Pero más allá de estos datos que hacen a lo religioso, hay un gesto contenido en esa oración ritual que impresiona por su poder simbólico.

Durante cada una de estas oraciones repetidas en 5 momentos del día, hombres y mujeres se postran varias veces con ambas rodillas en tierra y llevando también la frente al piso, a los pies de Dios.
Ese gesto no es para cualquier hombre.
Cuentan que Muhammad instituyó esta oración ritual para mantener su mensaje a salvo de aquellos que se creen poderosos, de los arrogantes de este mundo, de los que piensan que no hay nada más elevado por conocer por encima de sus propias cabezas.
Esos hombres no son capaces de postración.

Solo los débiles, los que ya han sido derrotados por el Amor, son capaces de arrodillarse.

Arrodillarse ante Dios significa reconocer Su existencia y también reconocer la nuestra, asumir nuestra grandeza como individuos, aunque nos sintamos vulnerables y pequeños.

Arrodillarse ante Dios es poner cada día nuestra vida a sus pies, es pedirle a Dios su conformidad con todas nuestras decisiones sin que dejen por ello de ser nuestras; es esperar su sonrisa cuando sentimos que lo hemos complacido.


Arrodillarse ante Dios es pronunciar en silencio “Si Dios quiere”, antes de pensar en el menor de los actos futuros.

Arrodillarse ante Dios es recordar que en el polvo ha sido nuestro origen y que el polvo será nuestra final morada y que solo el liviano y fino polvo es capaz de ser llevado, con las alas del viento, al lugar más anhelado.

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